«Hubiera querido no pensar, y, como otras personas, vivir al minuto, sin preocupaciones, en paz consigo mismo y con sus semejantes. “Ser un imbécil”, suspiraba a veces. Pero cuando menos lo esperaba, una palabra, una imagen, un pensamiento lo sumía de nuevo en la eterna cuestión. Entonces u distracción se derrumbaba y tenía que pensar a la fuerza.
Aquel día, mientras andaba lentamente a lo largo de las concurridas aceras, le impresionó, al mirar el suelo, los centenares de pies moviéndose. Le maravillaba lo inútil de sus marcha. “Toda esta gente –pensó– sabe adónde va y lo que quiere. Tiene un fin, y por él se apresura, se atormenta, se entristece y se alegra; vive. Yo, en cambio, nada… Ninguna meta… Si no estoy andando, estoy sentado: no importa, da lo mismo”. No apartaba los ojos del suelo. En todos aquellos pies que pisaban e fango había una seguridad, una confianza que él no tenía. El desdén que sentía hacia si mismo aumentaba. No podía camibar. Era así, perezoso, indiferente. Aquella calle lluviosa era la imagen de su propia vida, recorrida sin fe ni entusiasmo, con ojos deslumbrados por las falaces luminarias de los anuncios. “Hasta cuándo?” Alzó los ojos al cielo. Allí estaban los estúpidos letreros luminosos, recortados en la oscuridad: uno anunciaba un dentífrico; otro, un betún para zapatos. Bajó la cabeza. Los pies ajenos no cesaban de moverse. El fango salpicaba bajo los tacones. La multitud andaba. “Adonde voy? –se preguntó una vez más. Se pasó un dedo por el cuello–. ¿Qué soy? ¿Por qué no corro, por qué no me apresuro como los demás? ¿Por qué no soy un hombre sincero? ¿Por qué no tengo fe?” La angustia le oprimía. Sentía deseos de parar a un transeúnte, de cogerlo por las solapas y preguntarle adónde iba, por qué corría de aquel modo. Hubiera querido tener un fin cualquiera, aun que fuese falso, todos menos vagar así, de calle en calle, entre gente segura. “Adonde voy? Le parecía que había habido un tiempo en que los hombres sabían su camino desde el primero hasta el último paso. Ahora, no. Vivían con la cabeza dentro de un saco. Oscuridad. Ceguera. Pero, de todos modos, a un sitio u otro tenía que ir.»
«“Y si verdaderamente supieras poner las cosas donde normalmente están, ¿crees que convertirte en un verdadero hermano, en un verdadero hijo, en un verdadero amante, en un verdadero egoísta, en un hombre trivial y lógico como hay tantos, significaría un progreso f4rente a tus condiciones actuales? ¿Lo piensas de veras? ¿Estás seguro?” Todo eran preguntas sin respuesta. “No crees, en cambio –continuaba la dudosa voz–, que el camino lleno de dudas y perversidades por el cual caminas ahora te llevaría mucho más lejos? ¿Y no te parece que sería una villanía por tu parte el volverte como los demás?” Entre irónico y desesperado, pensó: “¿De qué te me serviría entonces llegar a ser sincero?”»
ALBERTO MORAVIA, Los indiferentes, Debolsillo, Barcelona, 2005